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  La revolución militar de Asia (Project Syndicate 2014/7/3) - Spanish

 


La revolución militar de Asia


Project-Syndicate Jul. 3, 2014


En el este de Asia se está llevando a cabo una gran revolución en materia de asuntos militares. Las últimas señales son la purga por parte del presidente chino Xi Jinping del general Xu Caihou, ex
miembro del Politburó y ex vicepresidente de la Comisión Militar Central, bajo cargos de
corrupción, y la “reinterpretación” de Japón del Artículo 9 de su constitución para permitirle al
país ofrecer ayuda militar a sus aliados.


A pesar de las crecientes tensiones regionales que inspiraron estas medidas, las relaciones de
China con sus vecinos y Estados Unidos no están destinadas a derivar en una confrontación
directa. Pero la marcha implacable de nuevas iniciativas para enfrentar lo que se percibe como la
“amenaza de China” exigirá que los líderes políticos de la región, inclusive los chinos, aborden sus
disputas de maneras nuevas y más creativas si se quiere evitar ese desenlace.


En general, existen tres maneras de fomentar la paz internacional: profundizar la interdependencia
económica, promover la democracia y desarrollar instituciones internacionales.
Desafortunadamente, como los líderes políticos del este de Asia no persiguieron este último
objetivo, hoy se encuentran jugando juegos peligrosos de equilibrio de poder reminiscentes de la
Europa de hace un siglo.


La profundización de la interdependencia económica luego de la crisis financiera de Asia en 1997
no ha generado un impulso político para la paz y la cooperación. Los líderes empresariales
de la región no pudieron impedir que el deterioro de las relaciones exteriores afectara sus intereses.
Por el contrario, el lobby militar ahora influye profundamente en las políticas exteriores y de
defensa –vale la pena observar el incremento de dos dígitos del presupuesto de defensa de China
y las crecientes ventas de armas estadounidenses en la región.


¿Cómo se explica este fracaso? Teóricos de las relaciones internacionales como Immanuel Kant
han sostenido que las democracias rara vez (o nunca) pelean entre sí; como resultado, los líderes
políticos, como el presidente norteamericano Woodrow Wilson, intentaron promover la
democracia como una manera de difundir la paz. Hasta hace poco, Estados Unidos parecía haber
supuesto que el compromiso de China con las democracias occidentales impulsaría vínculos
pacíficos.


Sin embargo, desde la crisis financiera de 2008, la confianza de China en su modelo de desarrollo
autoritario se ha consolidado. Cada vez más, sus líderes hoy parecen creer que un nuevo
“Consenso de Pekín” de mercantilismo e intervención estatal ha reemplazado al viejo “Consejo de
Washington” de libre comercio y desregulación.


La incompatibilidad ideológica de China con Estados Unidos, por ende, está haciendo que el
cambio en su poder relativo sea difícil de alcanzar de manera pacífica. A fines del siglo XIX, un
Estados Unidos pujante pudo cooperar con una Gran Bretaña en decadencia, debido a su cultura
y sus valores compartidos. Los líderes de China, en cambio, tienden a sospechar que Estados
Unidos intenta deliberadamente socavar la estabilidad política de su país cuestionando sus
antecedentes en materia de derechos humanos y libertades políticas. Mientras tanto, las políticas
domésticas de Xi parecen estar alejando al país aún más de las normas occidentales.


Esta división ideológica es lo que está minando el desarrollo en el este de Asia de instituciones
que establezcan principios, reglas y procedimientos de toma de decisiones para la región. Mientras
que gran parte de Occidente está unido por instituciones como la Organización para la Seguridad
y Cooperación en Europa y la OTAN, el principal organismo del este de Asia, el Foro Regional
ASEAN, es demasiado débil como para desempeñar un papel análogo, lo que deja a la región
acorralada por rivalidades no reguladas.


Hasta ahora, los líderes de Estados Unidos y el este de Asia hicieron poco más que respaldar de
manera retórica la creación de instituciones multilaterales de seguridad. Con la excepción de las
casi extintas conversaciones de seis partes destinadas a eliminar la amenaza nuclear planteada por
Corea del Norte, las potencias de Asia se niegan a verse limitadas por reglas o normas
internacionales.


Por el contrario, los líderes del este de Asia recurren a la realpolitik. Desafortunadamente, a
diferencia de las mentes políticas maestras del siglo XIX de Europa –figuras como Talleyrand,
Metternich, Bismarck y Disraeli- que forjaron alianzas internacionales duraderas, Asia carece de
líderes con la voluntad y la capacidad de mirar más allá de sus propios intereses nacionales.


Por ejemplo, los líderes de China parecen creer que la crisis económica de 2008 y los altos costos
de dos guerras libradas en el exterior han hecho que Estados Unidos no esté en condiciones de
ejercer un liderazgo internacional. Eso tal vez explique la reciente firmeza en la política exterior de
China, particularmente en su disputa con Japón por el control de las Islas Senkaku/Diaoyu, que
podría estar destinada a sondear la fortaleza de la alianza entre Estados Unidos y Japón.


Poner a prueba el poder de Estados Unidos de esta manera podría resultar un mal cálculo peligroso. Si bien Estados Unidos está debilitado económicamente, sigue siendo una superpotencia militar.
Sus intereses en el este de Asia se remontan a fines del siglo XIX. De la misma manera que Gran
Bretaña se negó a concederle la supremacía naval a Alemania hace un siglo, Estados Unidos no
aceptará fácilmente un desafío chino a su posición estratégica en el Pacífico occidental,
especialmente teniendo en cuenta que tantos estados del este de Asia están imploran una
protección estadounidense.


China y Estados Unidos necesitan sentarse a conversar. A pesar de su interdependencia económica y unos 90 canales intergubernamentales de diálogo bilateral, las dos superpotencias están atrapadas
en una lucha peligrosa por intereses en el Mar de China Oriental, el Mar de China Meridional y el
Pacífico occidental.


Las relaciones sino-japonesas son particularmente tensas, con dos décadas de estancamiento
económico en Japón y un crecimiento rápido en China, lo que alimenta una sobrerreacción
nacionalista en ambos lados. Al haberse acostumbrado a delegar su seguridad a Estados Unidos,
y a pesar de tener la tercera economía más grande del mundo, Japón no se preocupó por
desarrollar su propia visión diplomática
constructiva. Todavía está por verse si la reinterpretación constitucional de Abe, encubierta por un lenguaje de cooperación regional, hace avanzar este tipo
de visión novedosa.


No ayuda que Estados Unidos quiera que Japón asuma una responsabilidad mayor en lo que
concierne a mantener la seguridad de Asia, una postura que puede tener sentido desde un punto
de vista estratégico y financiero, pero que revela una falta de entendimiento del contexto político.
Estados Unidos parece subestimar los temores regionales por la potencial remilitarización de Japón.
Al ofrecerle a Japón una carta blanca diplomática, Estados Unidos puede descubrirse un día rehén
de los intereses japoneses y constatar que Japón se ha vuelto parte del problema de seguridad
de Asia, no parte de su solución.


Los líderes de Asia-Pacífico deben dejar de lado su complacencia. Se necesitan esfuerzos serios y
compromisos de amplio alcance para iniciar el proceso de creación de instituciones para la
cooperación en materia de seguridad regional. De lo contrario, el tan pregonado “siglo asiático”,
lejos de traer consigo prosperidad económica y paz, será una era de sospecha y peligro.


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